POR DANIELA GUERRERO

El cambio social transcurre en olas. No brota de una sola voz, no tiene un solo rostro, no nace de una sola idea. Es difícil fijar la esencia de un movimiento, delimitar sus mandos de opinión e identificar a sus enemigos.

El año arrancó fuerte para el movimiento #YoTam­bién, cuando los famosos asistentes de los Globos de Oro el domingo 7 de enero se vistieron de negro como parte de la tendencia #SeAcabóelTiempo. Las estadísticas detrás de los vestidos y trajes negros asustaron a muchos. Poco más de 50% de los hombres y 33% de las mujeres en el mundo creen que las mujeres están bien representadas en posiciones de liderazgo, cuando en realidad uno de cada diez altos dirigentes es mujer. En los últimos diez años, las mujeres han representado menos de 4% de los directo­res de películas y sólo siete mujeres de color forman parte de este mínimo porcentaje. Una de tres mujeres entre las edades de 18 a 34 han sido acosadas en el trabajo, con 71% declarándose demasiado asustadas para reportarlo. Las probabilidades de sufrir explotación sexual se doblan para mujeres en puestos de servicio y salario mínimo.

Sin embargo, la tela negra marcando el fin de los tiempos de silencio, espera, discriminación, acoso y abu­so, provocó más de un par de ojos en blanco. Surgieron preguntas de autenticidad contra complicidad, conse­cuencia contra impacto, problemas del mundo real con­tra representación frívola. ¿Está de moda ser feminista? ¿Mujeres y hombres de Hollywood, una de las industrias mejor pagadas de uno de los países más ricos del pla­neta, son la nueva autoridad social? ¿La mínima repre­sentación de mujeres líderes y el acoso sexual van de la mano? ¿Qué hombres son amigos o enemigos?

Aun cuando 2017 se enalteció como el año del femi­nismo, la reevaluación del lugar de las mujeres en es­pacios laborales y los debates sobre la persistencia del sexismo sistematizado y los sistemas predatorios, trajo olas disímiles y tonos discordantes. El movimiento social feminista es uno de contrastes, binarias, polos, reclamos que se niegan unos a otros e ideas opuestas sobre cuál es el problema.

El domingo 7, pegó la ola utópica, emocional y privile­giada de Hollywood. El electrizante discurso y enardece­dor llamado contra el abuso sexual y la discriminación de género que realizó la presentadora estadunidense Oprah Winfrey encendió una llama tan poderosa que rumores sobre su nominación como candidata demócrata para 2020 comenzaron a circular. “A todas las pequeñas ni­ñas viendo esto ahora, sepan que un nuevo día está sobre el horizonte”, dijo mientras los asistentes la envolvían en una eufórica ovación de pie.

El miércoles 10, la ola pragmática, frugal y escéptica llegó desde el otro lado del Atlántico. La actriz francesa Catheri­ne Deneuve, junto con más de 100 compatriotas femeninas de los ámbitos del entretenimiento y la academia, redactó una carta contra el feminismo “totalitario y puritano” que se ha construido durante el último año. El periódico Le Monde publicó el amplio rechazo de Deneuve, en el cual declara que “la violación es un delito, pero el coqueteo insistente o torpe no lo es, ni es la caballerosidad una agresión machista.”

Y entonces, ¿quién tiene la razón? Para muchos, 2017 fue un parteaguas de concientización legítima contra la violencia sexual y la discriminación que viven las mujeres en el ámbito laboral, en su mayoría por par­te de hombres que abusan de su poder. “Era algo nece­sario,” insiste Deneuve, “pero ahora esta liberalización del discurso se ha puesto de cabeza”. Para otros, todo el asunto parece desabrido e irrelevante, una moda pasa­jera desatada por depravados sexuales aislados e hiper­sensibilidad femenina.

Sin embargo, la discusión entre el feminismo “liberal” de Estados Unidos y la enfática defensa francesa de la “libertad sexual y el romance”, sugiere una verdad más grande y mucho más complicada. El feminismo es un cambio social que germina de un problema genuino: millones de personas alrededor del mundo creen que los hombres y las mujeres no son iguales, y que eso es nor­mal. Estructuras sociales, políticas y culturales refuer­zan, repiten y legitiman esta idea como una ocurrencia de la naturaleza que nadie puede cambiar. El sexismo es real. Hay muchas menos mujeres en puestos de alta di­rección que hombres. Hombres y mujeres con el mismo puesto no ganan el mismo salario. Las redes predatorias de abuso sexual de hombres contra mujeres existen.

La incapacidad de unión, los fuertes choques y las defensas excluyentes que nos hacen pensar en un bando de mujeres exageradas y otro de sumisas de­muestra que el auge feminista no es una moda ni una pose. Es un cambio lleno de matices y contradiccio­nes, hilos que parecen romperse conforme se desen­redan. Aun cuando no lo parece, Winfrey y Deneuve vienen del mismo lugar.

El feminismo no es complicado por malicia masculi­na o torpeza femenina, sino por las múltiples realidades que lo rodean. Algunas mujeres han aprendido a perci­birse como una minoría que debe luchar por igualdad, otras han aprendido a beneficiarse del sistema actual, la inequidad entre hombres y mujeres se ha normalizado a tal grado que la libertad sexual y la eliminación del acoso parecen irreconciliables.

Mientras los hashtags, cartas firmadas y declaracio­nes continúan circulando, es importante recordar que el hecho de que Winfrey sea una fanática y Deneuve una subyugada señalan un peligro más grande: las mujeres siguen siendo buenas o malas, locas o relajadas, rígidas o liberadas, quitándoles todo espectro de complejidad. El feminismo tiene muchos frentes y no todos pueden resolverse de la misma forma, pero esto no debe servir como argumento para descartarlo, sino como una opor­tunidad para explorarlo en toda su complicación.

 

 

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Source: Noticias

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